viernes, 27 de noviembre de 2020

Una historia más


Una historia más. Un caso más. De tantos cientos, quizá miles de parejas en las que se producía un engaño con una joven belleza cargada de ingenuidad e inexperiencia, pero revestida de perfección mundana, efímera y temporal.

Ella, Andrea, era una más. Una engañada más, que no quería asimilar lo que había sucedido. Pero que no era transcendente ni singular. Tan sólo le había tocado a ella, como a tantas otras. Quizá se había terminado el amor. Quizá era consecuencia de la incomunicación. O tal vez tan solo se trataba de un capricho. ¿Quién sabía? Ella no quería pensar en los porqués. Tan solo quería olvidar y escapar de aquella desazón que sentía cuando recordaba sus días de cotidianidad, su cercanía, su habitual quehacer diario.

Esos recuerdos le provocaban tristeza, pero a la vez le generaban una tibia sonrisa, como cuando le preparó por primera vez sus famosos guisantes con jamón, o como cuando le explicó dónde se encontraba Rigel y que cada vez se alejaba más de su galaxia.

Así se sentía en aquel momento Andrea. Lejos. Lejos de su vida de siempre, de sus años de convivencia y de sus amaneceres tranquilos. Había llegado al último, a ese en el que había decidido terminar con todo, olvidarla, olvidar a Olivia por siempre y liquidar el infinito sufrimiento que le producía saber que ella había saciado la voracidad de otro cuerpo, de otra alma y que se había vaciado con otra persona.

Imaginaba la escena y no quería creerlo. No podía aceptarlo. Descubrir el engaño le rompió el alma y acabó con sus ganas de vivir. Y decidió no continuar. Observó el amanecer desde la atalaya del acantilado rocoso, se despojó de toda su ropa y se lanzó a las profundidades para fundirse con la inmensidad del océano, del que no regresaría jamás.

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