viernes, 23 de febrero de 2018

Podría

¡Ay! Aquella maldita mañana en la que cogí aquel tren! ¿Por qué no me detuve un instante para meditar mi decisión? ¡Cuántas veces he deseado poder regresar, viajar al pasado y apearme del vagón al que subí! Pero ha transcurrido demasiado tiempo. Mi vida tomó una dirección que ahora, cuando echo la vista atrás, me gustaría cambiar.

Sin embargo, es demasiado tarde. Yo hui de una relación venenosa y ella simplemente me dejó escapar. ¿O eso es lo que quiero creer? Porque podría viajar hacia atrás, desandar el camino y viajar en el tiempo hasta el instante preciso en que tomé aquella decisión. Podría volver y hablar con ella. Podríamos racionalizar y asimilar lo que nos destrozaba. Podríamos entender aquel amor de vértigo que nos hundía en el más oscuro de los demonios cuando discutíamos y nos levantaba hasta el más excelso éxtasis de placer cuando nos amábamos. Podría viajar a mi tiempo, regresar a mi juventud. Volver a aquellos veintitrés. Podría observar su mirada violeta, electrizar mi piel con su tacto nacarado y acelerar mi pulso con su aliento de jazmín. Y entonces le diría lo que tanto deseé contarle. Le recitaría aquel poema que compuse en secreto y que jamás me atreví a suspirar. Le hablaría suave, cerca de su lóbulo precioso, sentiría la caricia de su cabello y el suave vaivén de su pecho mientras mi boca se tornaría jugoso engranaje para la suya. Y aquella pequeña poesía nos volcaría al abismo de la carnalidad más animal. Y nos introduciríamos en un túnel oscuro y tenebroso de sudor compartido, de posesión descontrolada y furia genital. Y entonces las bestias volverían a aparecer, nos poseerían y nos despojarían de cualquier atisbo de humanidad que pudiese quedar en nuestros cuerpos entregados a la lujuria. Y ya nada podría detenernos. Nuestras dos alimañas, esas que nos poseen cuando perdemos la conciencia abrumados por el deseo carnal, se enzarzarían en una batalla sin límites, sin reglas, hasta que uno de los dos terminase inánime, y su corazón se convirtiese en un metrónomo averiado. Y luego regresarían nuestras conciencias. Una incólume, certera. La otra sin vida, avasallada por la otra para siempre.

Y me preguntaría, ¿para qué haber vuelto? ¿Para qué viajar al pasado y cambiar mi vida posterior? He anhelado aquellos momentos de excitación, cuando su cuerpo era mío. Los he deseado con vehemencia, con verdadera locura, pero sé que por haberlos perdido, he ganado una vida de lucidez, de normalidad y de raciocinio.