jueves, 6 de junio de 2019

La puerta del infierno


Aquella sería la noche. Se sentó un momento en su sofá, frente al televisor con una cerveza en la mano y se la bebió de un trago mientras observaba, en el rincón izquierdo, el flamenco de acero que había comprado años atrás en un anticuario de Madrid.

Lorena era muy afortunada en su profesión. Había triunfado como cantante de copla en los teatros de la villa y las discográficas la habían perseguido durante meses para hacerse con su talento y convencerla de que grabase su primer disco.

Al final, lo había hecho con Virgin, pues le ofrecía mayor libertad creativa y amplio dominio de sus propias decisiones. Llevaba ya tres años de pleno éxito en el mundillo y se la veía feliz, la cámara la buscaba y las revistas del corazón también.

Sin embargo, su procesión interna era mucho más sórdida que su mundo de lunares y faralay. Cuando cruzaba la puerta de su casa, entraba en su particular infierno. Su pareja, un abogado trasnochado del que se había enamorado cuando ambos veraneaban en el mismo pueblo del Cantábrico había entrado en una espiral de destrucción, la suya propia y la de todos los que le rodeaban y lo hacía con especial ensañamiento con Lorena a la que maltrataba verbal y físicamente. Al principio solo fueron insultos y gritos que ella intentaba acallar bajo la pomada de la comprensión, de entender que él había perdido su trabajo y estaba en un momento difícil, quizá bebía un poco más de lo normal. Y luego enseguida le pedía perdón. Pero sus crisis fueron empeorando y comenzó a criticarle sus actuaciones, a exigirle que se tapara los escotes y a preguntarle día y noche quién era ese tipo o aquél otro con el que caminaba por la calle o en los teatros. Lorena nunca le fue infiel. Inexplicablemente estaba unida a él desde una atadura profunda, infranqueable, que ni ella misma podía comprender.

Cuando las crisis de verborrea dieron paso a las hostias, ella se lo contó a su mejor amiga quien la obligó a acudir a la policía. Pero las hostias no dejaban huella y la persona que la atendió en la denuncia le dijo que poco podían hacer.

Y entonces llegaron las palizas. Le costaba muchísimo tapar los cardenales para que no se le notaran cuando actuaba. Se vio obligada a espaciar sus actuaciones porque si no, no tenía tiempo de recuperarse de las patadas y los moratones. Hasta que un día, en una actuación en la plaza de toros de Las Ventas, delante de cinco mil personas, no pudo comenzar la canción. El llanto brotó y brotó como una cascada inmisericorde y la plaza enmudeció. Se vivió un momento de máxima tensión porque el público no entendía lo que sucedía. Cuando la vieron llorar imaginaron que sería por la emoción del éxito y finalmente, Lorena pudo comenzar su espectáculo, pero lo hizo habiendo tomado una decisión firme.

Así que aquella misma noche se sentó en el sofá y tras beberse la cerveza de un trago, esperó a su marido que llegó malogrado como siempre, ligeramente borracho pero con la suficiente lucidez para soltarle algunos improperios.

Y entonces ella, le pidió dulcemente que se sentase a su lado, y cuando lo tuvo muy cerca, agarró el flamenco y se lo estampó en la cabeza dejándolo moribundo y con una brecha que sangraba sin parar.

Y allí se quedó, contemplando cómo se cerraba la puerta de aquel infierno que había sufrido durante años sin que nadie lo supiese y cuando él dejó de moverse, su boca se había transformado en una profunda sonrisa.

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