viernes, 1 de diciembre de 2017

ROSA DE LOS VIENTOS - MI CRÓNICA DE LECTURA

Apenas puedo escribir con claridad esta crónica de lectura, pues he terminado de leer Rosa de los vientos, de Nina Peña en una vorágine de sentimientos, sorpresa, emociones catapultadas al infinito y pensamientos embarullados que me llevan flotando a un mundo extrasensorial en el que me encuentro en este instante, decidiendo qué voy a contar de esta experiencia tan fuerte.
No recuerdo un efecto tan profundo en mí tras leer un libro desde hace mucho tiempo. Y quizá sea así porque nunca ningún libro ha generado un efecto tan devastador, tan placentero y tan a la totalidad como este.

He pensado mucho rato cómo definir lo que ha supuesto la lectura de esta magnífica novela y soy incapaz de sintetizarlo en pocas líneas. Y es que deambular el pensamiento a través de la prosa que Nina Peña ha tejido con maestría, con barroquismo preciosista, con amor por las palabras lentas, por escribir las emociones, por crear un mundo en torno a cada frase, a cada descripción o sentimiento, por diseñar una arquitectura perfecta de cada pequeño avance en una trama que parece no avanzar pero que sin embargo te acuna y te baña de cercanía, de realidad, ha sido lo más próximo que he vivido a la contemplación de una obra de arte per se, por ella misma, no por querer saber qué sucede en la trama, qué le ocurre a sus personajes, cuáles son los elementos que confluyen o determinan los acontecimientos. La lectura de Rosa de los vientos es, en sí misma, el puro placer por leerla, sin más, por deleitarse en cada frase, en cada recoveco adjetivado, en cada ligazón de sentimientos con olores, con ambientes y luces que escenifican instantes que vives, que percibes y en los que simplemente quieres quedarte. No necesitas avanzar, porque lo que vaya a suceder es incluso quizá menos importante que lo que está ocurriendo, pero a la vez sí quieres hacerlo para continuar con el placer inconmensurable de llevarlo a cabo, de recorrer palabras, adverbios, preposiciones y conjuntos verbales que configuran un conjunto artístico.

Es como escuchar deep-house de fondo en una tarde soleada de mayo, con esa melodía que podrías escuchar eternamente porque hacerlo es placentero, porque te da la vida, o como situarte frente a un cuadro enorme abstracto y simplemente contemplarlo, dejar pasar el tiempo mientras lo único que haces es detener tu mirada en esa abstracción.

Es arte en su estado más puro. Es lo que creo Nina ha conseguido con Rosa de los vientos.
No se trata ni de qué género sea la novela, ni de si el narrador es o no omnisciente, ni si tiene poco diálogo o frases-párrafo interminables. Ni tan solo si su trama es original o sorprendente. Es muchísimo más que eso. Es como el “Cuadro blanco sobre fondo blanco” que un día alguien diseñó, o como los desfiles de ropa imposible de Agatha Ruiz de la Prada que nadie se pondría pero que da igual porque sus creaciones son en sí mismas eso, una obra de arte que no ha de estar al servicio de ninguna utilidad.

Eso es Rosa de los vientos para mí. Una novela que no representa algo para entretener, o para dar de comer a una editorial, ni siquiera para ningún uso o finalidad que alguien pudiera imaginar.


Rosa de los vientos, simplemente es.