lunes, 13 de noviembre de 2017

DE UN RINCÓN OLVIDADO

Allí llegué, muerto de miedo y estornudando. Alérgico y sin dar crédito a la cantidad de polvo que nublaba aquel rincón inmundo. Parecía increíble que alguien pudiese vivir en tal estado de insalubridad y abandono. Me pareció inhumano que se me obligase a consumir el resto de mis días en aquellas condiciones, que en tan solo unos minutos comprendí escapaban de cualquier optimismo suplicado.
Sin colores, sin luz, rodeado de mugre, telarañas y tristeza. Así veía yo mi nuevo hogar, mi pequeña morada. Ésa a la que un desalmado me había enviado. ¡Qué contradicción! Yo que fui un defensor de la brillantez de los colores, de la alegría de vivir, de la imaginación sin límites, había tenido que ir a dar con un inoportuno censor que decidió que mis líneas estaban cargadas de pecado y depravación.
Víctima de la cerrazón de una mente sin amplitud, ciega de linearidad por las imposiciones de la religión, cuyo único objetivo era privar a los potenciales lectores del placer de mi prosa.
Intenté comunicarme con él, me abrí por las páginas más bonitas, las que contenían mensajes más fáciles de comprender y aceptar incluso para su mente oscura, pero ni aun con esas. Su negativa al placer y a la diversidad me condenaron a morir en el rincón de los libros olvidados.