lunes, 19 de junio de 2017

PRIMAVERA DE MICRORRELATOS INDIGNADOS 2017 - FUGAZ


FUGAZ

Me miró tan fugaz que apenas pude adivinar el color de sus ojos. Parecía que tuviese miedo, quizá vergüenza por el atrevimiento de haberme mirado a la cara. Su fragilidad me conmovió pero su miseria me quebró el alma. Aquel joven esqueleto recubierto de piel en Bangladesh pretendía transportarnos a mi compañero y a mí junto con nuestras maletas en un trayecto de casi dos kilómetros, cuando al menos triplicábamos su peso.
Intenté convencer a mi agente de que le pagase la carrera y utilizásemos cualquier otro transporte menos esclavizante. Él me preguntó si estaba de broma y acto seguido me empujó a subir.

Una vez acomodamos nuestros más de ciento cincuenta kilos, comenzó a pedalear. Vestía un sucio pareo anudado a la cintura, chancletas sin casi suela y una camisa a cuadros arruinada en muchas guerras. Un trapo mugriento hacía las veces de toallita refrescante para su cadavérica frente. Yo estaba seguro de que ni nos moveríamos. Me parecía inverosímil que aquello pudiese arrancar. Pero mi sorpresa fue no sólo que sucediera, sino que en cuatro pedaladas marchábamos a buen ritmo. Una lágrima amenazó con bordear mi mejilla. Intenté disimular, cegado por aquel acto inhumano de dos privilegiados que podrían haber marchado a pie. Y en ese intento de evitar que me viesen llorando, contemplé en derredor lo que parecía un flujo de tantos otros como él, perdidos para siempre en un nivel de miseria del que jamás saldrían. Y entonces sí, el caudal de mi llanto fue incontrolable.