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martes, 7 de noviembre de 2017

TODOS LOS CAMINOS CONDUCEN A ROMA

"¡No sé qué voy a hacer para solucionar este problema!", me decía yo cabizbajo cuando el vuelo de Alitalia que nos conducía a Roma alcanzaba su velocidad de crucero. ¡Vaya cumpleaños de mierda! Pensé después. Justo un veinte de septiembre y tenía que estar volando hacia Bangladesh. Todo se había confabulado para que el más grave de los problemas se uniese con el más conflictivo de nuestros clientes en el peor momento posible. Y allí me encontraba yo, en camino hacia la capital italiana, donde haría tres horas de escala antes de realizar el segundo hasta Dhaka.

Mi estado de ánimo no podía ser peor. Lejos de los míos el día que cumpliría cuarenta y cinco, a punto de comenzar el otoño y con un horizonte a la vista de problema sin aparente solución.
Decidí romper mis pensamientos con la lectura. Abrí el libro que me acompañaba en aquella ocasión y comencé a desprenderme de la negatividad. Disfruté de la prosa de Julia Navarro, una de mis escritoras favoritas.

Iba sentado en el pasillo, lo que me permite estirar las piernas y levantarme sin necesidad de molestar a nadie. El asiento de mi izquierda estaba libre y el siguiente ocupado por un señor muy alto y bastante elegante que me había saludo cortésmente antes de comenzar el vuelo.

Cuando llevaba un buen rato leyendo, observé que mi compañero de fila hacia movimientos con los brazos. Al principio solo lo miré de reojo, pues no quería ser indiscreto. Intenté continuar leyendo pero no pude concentrarme. Seguía moviendo bruscamente los brazos en alto y moviendo la cabeza de forma extraña. Me giré y contemplé un comportamiento poco normal. Como él no me miraba decidí no decir nada. Me mantuve a la espera y pude notar que el tipo intentó ponerse en pie y comenzó a golpearse la cabeza contra el techo del avión. Al levantarse, todo el mundo entró en tensión. Un auxiliar de vuelo acudió y le preguntó qué le ocurría. Yo decidí abandonar mi asiento y me fui unas filas hacia atrás.

Por lo visto el señor no respondía ni parecía darse cuenta de que le estaban diciendo. Los auxiliares preguntaron si había un médico en el avión y una señora acudió al lugar. Lo observó y comentó que seguramente o era epiléptico o estaba tomando alguna medicación fuerte que se había olvidado. No supo nadie dar un diagnóstico más preciso.

Ante la virulencia de sus movimientos y la peligrosidad de los mismos, ya que no veía ni discernía si golpeaba a alguien o no, se vaciaron todas las filas de alrededor y la gente se redistribuyó. Resultó que el sitio que yo había ocupado estaba rodeado de un grupo de monjas mejicanas que acudían a Roma por algún evento religioso. Empezaron a decir que era el demonio el que se había apoderado de aquel señor y que debían elevar un rezo para impedirlo. Las ocho monjas se pusieron a rezar y cantar en voz alta, cánticos en español con acento mejicano.

Yo cada vez me sorprendía más. El surrealismo de aquel vuelo no lo había vivido nunca.

El tipo se tornó realmente agresivo y tuvieron que reducirlo entre tres auxiliares de vuelo. Afortunadamente en aquella ocasión casi todos eran hombres y pudieron, por la fuerza retenerlo y atarlo con el cinturón al asiento. Debieron sentarse a ambos lados para impedir que se desatase y continuar así todo el resto del vuelo. Había un barullo tremendo, la gente murmuraba, las monjas cantaban a pleno pulmón cánticos religiosos y toda la gente de la parte trasera había comenzado a rezar padres nuestros y aves marías en voz alta.

Transcurrió una hora con ese escenario cuando el capitán anunció que comenzábamos el descenso al aeropuerto de Roma Fiumicino. Todo pareció calmarse. Los cánticos terminaron y el silencio retornó al avión. Cuando tomamos tierra y el avión se detuvo, los auxiliares ya habían dejado al señor solo en su asiento que parecía haber retomado su posición elegante inicial. Yo me acerqué a mi asiento para coger mi maleta de mano y el señor, muy cortés de nuevo me dijo en un perfecto inglés: “Encantado, que tenga usted un buen día”, y salió caminando como si todo hubiese sido un sueño.


¿Quizá realmente lo fue?

lunes, 19 de junio de 2017

PRIMAVERA DE MICRORRELATOS INDIGNADOS 2017 - FUGAZ


FUGAZ

Me miró tan fugaz que apenas pude adivinar el color de sus ojos. Parecía que tuviese miedo, quizá vergüenza por el atrevimiento de haberme mirado a la cara. Su fragilidad me conmovió pero su miseria me quebró el alma. Aquel joven esqueleto recubierto de piel en Bangladesh pretendía transportarnos a mi compañero y a mí junto con nuestras maletas en un trayecto de casi dos kilómetros, cuando al menos triplicábamos su peso.
Intenté convencer a mi agente de que le pagase la carrera y utilizásemos cualquier otro transporte menos esclavizante. Él me preguntó si estaba de broma y acto seguido me empujó a subir.

Una vez acomodamos nuestros más de ciento cincuenta kilos, comenzó a pedalear. Vestía un sucio pareo anudado a la cintura, chancletas sin casi suela y una camisa a cuadros arruinada en muchas guerras. Un trapo mugriento hacía las veces de toallita refrescante para su cadavérica frente. Yo estaba seguro de que ni nos moveríamos. Me parecía inverosímil que aquello pudiese arrancar. Pero mi sorpresa fue no sólo que sucediera, sino que en cuatro pedaladas marchábamos a buen ritmo. Una lágrima amenazó con bordear mi mejilla. Intenté disimular, cegado por aquel acto inhumano de dos privilegiados que podrían haber marchado a pie. Y en ese intento de evitar que me viesen llorando, contemplé en derredor lo que parecía un flujo de tantos otros como él, perdidos para siempre en un nivel de miseria del que jamás saldrían. Y entonces sí, el caudal de mi llanto fue incontrolable.

martes, 15 de septiembre de 2015

Hay otros mundos interiores

Hoy he circulado por Dhaka y observando las gentes y los lugares en los que transcurre su vida me he hecho una reflexión. Me pregunto si en su batalla diaria por sobrevivir, en unos casos, por sacar adelante una familia que vive en la indigencia en otros, o simplemente por mantener una existencia decrépita en un circundante del que no tienen ninguna esperanza de salir, debido al clasismo y la segregación existentes, queda espacio u ocasión para la reflexión interior, para el amor, para los hobbies e, incluso, para la risa.

Desde nuestro punto de vista occidental sin duda que no lo hay, pues imaginamos de forma casi instintiva que todos ellos son desgraciados, viven tristemente y consideramos que su mayor fortuna sería salir del mundo en el que viven.

Pero, ¿acaso hemos preguntado en alguna ocasión a algún habitante de estas lindes u otras similares por tan pejiguera cuestión? Sin duda la respuesta es no. Y por tanto, debemos concluir que nuestra respuesta y opinión son completamente infundadas y escoradas en una determinada dirección a la que el consumismo y el capitalismo nos dirigen.


Sí, hoy he concluido que una vida, por tremenda que sea, ha de estar compuesta de todo eso. A la miseria y la necesidad, obligatoriamente han de acompañarles, aunque sea en pequeños intervalos, la felicidad, la amistad y todas las pasiones humanas. Y estoy por completo convencido que descubrir cómo se transmutan y experiencian ellas en estas personas será materia sustanciosa para una gran novela.