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lunes, 19 de junio de 2017

PRIMAVERA DE MICRORRELATOS INDIGNADOS 2017 - FUGAZ


FUGAZ

Me miró tan fugaz que apenas pude adivinar el color de sus ojos. Parecía que tuviese miedo, quizá vergüenza por el atrevimiento de haberme mirado a la cara. Su fragilidad me conmovió pero su miseria me quebró el alma. Aquel joven esqueleto recubierto de piel en Bangladesh pretendía transportarnos a mi compañero y a mí junto con nuestras maletas en un trayecto de casi dos kilómetros, cuando al menos triplicábamos su peso.
Intenté convencer a mi agente de que le pagase la carrera y utilizásemos cualquier otro transporte menos esclavizante. Él me preguntó si estaba de broma y acto seguido me empujó a subir.

Una vez acomodamos nuestros más de ciento cincuenta kilos, comenzó a pedalear. Vestía un sucio pareo anudado a la cintura, chancletas sin casi suela y una camisa a cuadros arruinada en muchas guerras. Un trapo mugriento hacía las veces de toallita refrescante para su cadavérica frente. Yo estaba seguro de que ni nos moveríamos. Me parecía inverosímil que aquello pudiese arrancar. Pero mi sorpresa fue no sólo que sucediera, sino que en cuatro pedaladas marchábamos a buen ritmo. Una lágrima amenazó con bordear mi mejilla. Intenté disimular, cegado por aquel acto inhumano de dos privilegiados que podrían haber marchado a pie. Y en ese intento de evitar que me viesen llorando, contemplé en derredor lo que parecía un flujo de tantos otros como él, perdidos para siempre en un nivel de miseria del que jamás saldrían. Y entonces sí, el caudal de mi llanto fue incontrolable.

martes, 15 de septiembre de 2015

Hay otros mundos interiores

Hoy he circulado por Dhaka y observando las gentes y los lugares en los que transcurre su vida me he hecho una reflexión. Me pregunto si en su batalla diaria por sobrevivir, en unos casos, por sacar adelante una familia que vive en la indigencia en otros, o simplemente por mantener una existencia decrépita en un circundante del que no tienen ninguna esperanza de salir, debido al clasismo y la segregación existentes, queda espacio u ocasión para la reflexión interior, para el amor, para los hobbies e, incluso, para la risa.

Desde nuestro punto de vista occidental sin duda que no lo hay, pues imaginamos de forma casi instintiva que todos ellos son desgraciados, viven tristemente y consideramos que su mayor fortuna sería salir del mundo en el que viven.

Pero, ¿acaso hemos preguntado en alguna ocasión a algún habitante de estas lindes u otras similares por tan pejiguera cuestión? Sin duda la respuesta es no. Y por tanto, debemos concluir que nuestra respuesta y opinión son completamente infundadas y escoradas en una determinada dirección a la que el consumismo y el capitalismo nos dirigen.


Sí, hoy he concluido que una vida, por tremenda que sea, ha de estar compuesta de todo eso. A la miseria y la necesidad, obligatoriamente han de acompañarles, aunque sea en pequeños intervalos, la felicidad, la amistad y todas las pasiones humanas. Y estoy por completo convencido que descubrir cómo se transmutan y experiencian ellas en estas personas será materia sustanciosa para una gran novela.