lunes, 7 de diciembre de 2020

LA VOZ

¡Y esta es la vooooozz! ¡Na na na naaaaaa! ¿Quién no conoce este programa de televisión en el que tantos participantes intentan postularse como futuros artesanos del canto con una única carta de presentación: su voz?

No importa su físico, si son guapos o feos, arreglados o zarrapastrosos. Ni tan siquiera la química que su apariencia tenga con la cámara. Todo ello carece de importancia y se subordina a una única virtud vocal que sobrepasa los prejuicios del placer visual (al menos en la fase de audiciones a ciegas).

Yo no soy tan feo, tengo la dosis adecuada de grasa localizada (sí, en los flancos y la barriga, que es donde los hombres solemos crecer tras haber cumplido los cuarenta) que me hace parecer suficientemente atlético como para que el adjetivo gordo sea desproporcionado. Mido más de 1,80, lo que me hace tener buena percha en general y aunque las canas han invadido mi cabeza y barba, me dan un aire entre madurito interesante y cuarentón incipiente que no está del todo mal para ser de pueblo.

Sin embargo no imagino peor ridículo que el que experimentaría al participar en el programa de marras en el que únicamente se me juzgaría por mi voz. Podemos dejar al margen el sentido del ritmo y entonación, disciplinas para las que nací facultado, pero lo que es la vibración de mis cuerdas vocales es para echarse a temblar.

Si lo analizamos detenidamente, todos tenemos algo en nuestro cuerpo que nos gustaría cambiar. Cuántas veces hemos pensado (si nos preguntase un genio de la cirugía gratuita) qué nos gustaría modificar de nuestra anatomía. Podríamos hacer una lista sustanciosa: tener menos michelines, disminuir la papada, aumentar los músculos en general y en particular de pectorales y bíceps. Hacer desaparecer las ojeras, las arrugas, disminuir nuestras narices de ascendencia árabe, azulear el color de nuestro iris, y en realidad cualquier otro aditamento que nos hiciese parecernos más a un George Clooney al uso que a un españolito estándar.

Mira que hay cosas que un tío podría pedir: Puedo añadir a la lista anterior, algo a lo que definitivamente ninguno podríamos resistirnos (de ser posible): aumentar unos centímetros el tamaño de nuestra polla, por medianamente bien armado que uno vaya. Esperad, voy a pensarlo un momento… es una petición difícil de rechazar…. No, ni siquiera eso que es tan apetecible e irresistible. Yo sacrificaría todo lo anterior y elegiría cambiar mi voz.

Sí, tamaño trauma tengo con mi compañera vocal, que es quebradiza unas veces, levemente afeminada otras, débil las más y grotesca a menudo. En ocasiones estoy en una reunión crucial en la que tengo que aparentar una posición segura, hablar con convicción y cuando recurro a ella para explicar mis argumentos apenas sale un atisbo de sonido que me hace tener que repetirlo un par de veces exacerbando el tono de la segunda para que se escuche y desvirtuando por completo el matiz que quería dar a los mismos.

La sonoridad precaria se acrecienta cuando la escucho grabada en un video o en una llamada de teléfono. En tales casos, mi repulsa hacia ella experimenta un incremento digno del mayor de los rechazos.

Por ello las mañanas en que me despierto resfriado y completamente ronco son días especiales. Me escucho a mí mismo potente, grave, robusto, casi siento que mi miembro ha crecido esos centímetros tan deseados….y deseo que la ronquera me dure días, cosa que lamentablemente nunca sucede.

Pero cuando ello ocurre, todo el mundo me mira extrañado al hablarle. Me preguntan cosas como ¿Qué te ha pasado? ¿Te has tragado a un monstruo? Pareces un bicho del averno, o pobre, estás fatal ¿no? ¡Qué ironía!, yo en ese estado me encuentro feliz y seguro, y sin embargo, nadie más lo aprecia.

Y es justamente cuando mi voz vuelve a ser la poca cosa que siempre es, cuando todo el mundo parece mirarme de nuevo de forma normal. De hecho, nadie me ha criticado nunca, ni ha hecho comentario alguno sobre mi voz. ¿Será que todos la asocian con mi imagen y mi personalidad? Porque quizá mi forma de ser sea como es precisamente por ello. Tal vez una voz de barítono como la de Constantino Romero o Carlos Herrera me habrían hecho tener una personalidad más agresiva, o menos afable y aparecer a los ojos de quien me conoce por primera vez como un tipo mucho más duro y menos accesible.

Por lo tanto tengo que concluir que yo soy como mi voz, imperfecta, quebradiza, afable, y sin duda única.

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