jueves, 13 de abril de 2017

Relativismo y ultraizquierda

Tengo recuerdos intermitentes. Palabras sueltas en catalán, citas de alta cultura y críticas al líder de alianza popular. El cerebro hiper hormonado de mis catorce años me impedía discernir de qué trataban muchas de las cosas que le escuchaba decir. A pesar de que mi quehacer se repartía entre los libros y la chica que me tenía loco, aquellas frases crearon un poso decimal, que con los años ha formado parte del sustrato y la estructura de mi pensamiento.

Recuerdo con cariño un par de libros que me regaló: Historia ilustrada de la URSS, una edición de formato casi bolsillo, con redacción escorada y pretensión casi estalinista, que leí el mismo día de mi cumpleaños. El segundo fue aún más revelador. Su título: Leninismo y ultraizquierda. Conservo todavía aquellas dos pequeñas joyas de la propaganda más radical que prendieron la chispa de mi relativismo actual.

Virtudes supuestamente cristianas y calificadas como “de lo que Dios manda”, eran cotidianeadas por él, ya fuese hablando de Fidel, criticando al Papa o lamentándose de la sequía que iba a joder la cosecha del año. Yo no tenía todavía criterio propio en casi nada y, por ello mismo, me epataba aquella forma de ser y actuar.

Creo que su filosofía no engranaba bien en el motor de mi familia, donde todo era evidente, previsible y protector. Y, a la vez, todos lo aceptaban como era. No parecía ser necesario recurrir a la hipocresía o a la condescendencia. Tan solo se asumía que él era así, sin más.
Sus años de enfermedad fueron duros. Mi habitación compartía pared con la suya y podía escuchar su sufrimiento, tantas veces tornado en lamento, en tardes grises donde la soledad se alimentaba de sí misma creando atmósferas irrespirables. Yo lloraba bajo las sábanas, impotente, al ser incapaz de aliviarle y porque, en el fondo, me molestaba tener que soportar ese escenario tan cerca. Tan egoísta es la pubertad…

Cuando comenzó su largo viaje, me prometí que recurriría a él en los momentos difíciles, y le pediría ayuda. ¡Qué contradictorio! Un no creyente en la otra vida, solicitando los parabienes de un alma que supuestamente viaja por ella.

Estoy convencido de que él representó el catalizador de mi pensamiento relativo y la asunción de las contradicciones. Por ello, defiendo con igual ahínco la idea de que la vida termina cuando el cuerpo muere que la de que él me guía y protege desde otra dimensión.


Te quiero abuelo, creo que nunca te lo llegué a decir, y ahora sí me siento capaz.