jueves, 23 de marzo de 2017

EL CALDERO MÁGICO

Luisa necesitaba un milagro. Su pequeñita nació con una malformación de corazón y requería un trasplante. La incertidumbre de cuándo aparecería el donante la llevó a intentarlo todo, incluso rezar. Sin embargo, los meses transcurrían y cada vez la salud de su hija se debilitaba. Por ello, su cuñada organizó una alternativa: visitaría a la bruja Palmira. Luisa no creía en esas cosas pero tampoco tenía nada que perder.

Llegó a Gran Vía, veinte. Miró el portal y pensó que se trataba de un error. Aquello era el restaurante El Caldero Mágico. La fachada era morada y de sus ventanas en forma de ojos colgaban lamparitas de ámbar con forma de lágrima. Decidió entrar. Un camarero escuálido le pidió que escribiese su más ansiado deseo antes de sentarse. Le pareció grotesco, pero aun así, escribió: “Un corazón para mi hija”. Se sentó y eligió el menú número cinco: Lo imposible no existe, se llamaba. Una sopa contundente de calabacín y remolacha, seguida por carne estofada con setas y tarta de chocolate y fresa. Para beber, jugo de arándanos con ingrediente secreto. Aquello la animó un poquito, pero como no había encontrado a la bruja, regresó. Al entrar en casa, ver a su hija llorando la resquebrajó, pero entonces sonó el teléfono. La apremiaban a ir al hospital en una hora. Acababa de aparecer un corazón para su hija, el de un niño fallecido en un accidente de coche a la altura del número veinte en Gran Vía.