viernes, 3 de junio de 2016

La magia de un momento

Estoy en Bombay. Soy un privilegiado. Voy en un coche de primera gama con aire acondicionado y aislamiento del ruido exterior, cristales tintados y algo fresco que beber. Ni siquiera conduzco. Nos lleva el chófer que trabaja para mi agente por el mero privilegio de comer y dormir en su casa. Llevamos una hora y media en un atasco a las afueras de la ciudad y la temperatura exterior rebasa los cuarenta y cinco grados a la sombra.
Al abrir tímidamente la ventanilla descubro el caos exterior: Ruido ensordecedor, bocinas de coches, gente gritando y corriendo, sonidos de todo tipo en un marasmo de seres humanos, animales y podredumbre.
A mi izquierda, una cara se acerca. No tiene más de siete años y sonríe sincera. La niña que me está mirando apenas posee nada. Va descalza, su ropa está destrozada, su pelo grasiento y sus manos ennegrecidas, pero su sonrisa y su mirada brillan con una luz especial. Me observa con tranquilidad cuando yo le devuelvo la mirada. No tiene nada que ofrecerme porque seguramente no posee nada. Su existencia cada día depende de lo que obtiene de gente a la que mira como lo hace ahora a mí. Comienza a tararear una melodía que combina con su sonrisa mientras me acerca su mano al cristal tintado que me aísla del exterior. Tan sólo puede ofrecerme su canción, algo tan inmaterial y a la vez tan cargado de sentimiento y significado en ese momento y lugar. Cuando voy a decirle algo, recibo un exabrupto de mi agente que cierra inmediatamente la ventanilla. Pero sigo viendo su cara sonriendo, a pesar de todo. Imagino que cientos, quizá miles de veces, le ha ocurrido lo mismo, y sin embargo allí sigue.
En el carril paralelo, un coche se avería; no puede continuar. Parece que no funciona. Su conductor baja y, tras mirar unos minutos el motor, decide que hay que empujarlo para que arranque de nuevo. Un par de hombres le ayudan. A nosotros, los occidentales, los  privilegiados, ni se nos ocurre bajarnos a ayudarle. La niña de sonrisa tranquila y melodía dulce, ni se lo piensa. A sus siete años se arrima a la parte de atrás y comienza a empujar con sus bracitos en un gesto que provoca mis primeras lágrimas en la India.
La veo sudar y aunque la empresa de empujar semejante coche parece imposible a una niña desnutrida, allí sigue hasta que el coche se pone en marcha. De repente vuelve su mirada hacia nuestro coche y sigue sonriendo. Yo estoy llorando. Tengo cuarenta y dos años, un carácter más bien distante, anglosajón. No expreso nunca mis sentimientos en público y, sin embargo, lo que acabo de ver me ha roto.
No puedo asimilar algo así. Ese gesto espontáneo de un ser humano que probablemente no espera nada del mañana y que se limita a vivir el hoy y el ahora, me hace re ubicar todos mis principios, reorganizar mis prioridades.  Y evidencio en mi interior toda la crueldad y deshumanización del mundo actual, materialista y consumidor.
Y pienso finalmente que, un gesto tan sencillo como el que tuvo la niña, ha creado un cambio en mi interior. Algo que no ha podido ni la política, ni la religión, ni la vida en sociedad o los medios de comunicación, queda remodelado en tan sólo unos segundos.

Gracias allá donde estés.  Espero que la vida te devuelva lo que das a los demás y te haga ser feliz.