Y es que Aloysius Pendergast es un tipo del que es fácil
quedar prendado. Inteligente, cabal, comedido, con un punto claro de
excentricidad, una fortuna desmesurada y ciertos lujos propios de un freak
moderno, hace gala siempre de su capacidad de análisis y deducción que le conducen
siempre a la resolución de los enigmas que se plantean en cada novela.
Su alter ego, el teniente d’Acosta es mucho más terrenal,
más inmediato, impulsivo y, por ello mismo, el complemento perfecto para Pendergast.
Como se dice en la contraportada de la novela, “Pendergast es un héroe peculiar,
un Sherlock Holmes moderno”.
El ritmo narrativo es siempre intenso en las novelas de Preston & Child. Ambos son, como escritores, maestros en crear una estructura narrativa aparentemente inconexa y que, en torno a la página 270 de las 360 que tiene la novela parece que fuese a ser irresoluble o inconectable.
Sin embargo, el círculo se cierra, macabro, tremendo, inesperado y de forma que
el lector, yo en este caso, que he intentado durante toda la lectura aventurar
qué y quién están detrás de los asesinatos, consigue un cierto grado de
satisfacción doble: La de no haber dado pie con bola en la imaginación del culpable
y la de sí haber intuido la línea argumental o justificación de los mismos.
Es algo fundamental en una novela de misterio, que el lector
no quede huérfano de éxito y que su intriga camine paralela a la satisfacción
de las pequeñas resoluciones o adivinaciones de lo que va a suceder. Y Preston
& Child son maestros en ello.
Un acierto, como siempre. Una lectura que recomiendo,
fresca, intrigante, atrapadora e ideal para este verano.
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