lunes, 9 de mayo de 2016

La mirada eterna

La figura esbelta, de afilada punta, geometría cónica que jamás muta. Su delgadez rectilínea alberga una fina herramienta. El artista siente la sedosa capa de su superficie irisada, que lo acompaña en la tarea de comenzar su obra. Piel con piel, humana con madera. Se establece un vínculo de extraña naturaleza. La caricia genera movimientos precisos, giros y líneas rectas que conforman la estructura de la durmiente estampa. Todavía sueña, todavía evoca la imaginación dispersa. Pero sigue su andadura, traza y une áreas y curvas, y consigue finalizar una instantánea perfecta.

La pulcritud virginal de la lámina, sin sombras ni puntos que desfiguren su brillante pátina, queda rota y satisfecha. Los grises acompañan con distinta intensidad y el negro, rotundo, se apodera del filo de la imagen y la separa del albo fondo, donde descansará eterna.

El artista transforma su excitación en calma, pues observa con orgullo la rotundidad de su obra Respira, sosiega, y en un instante destila su creatividad certera. La ilustración refleja la imagen de una bella y singular doncella. De sonrisa leve, y de larga melena cuya timidez impide mirar afuera. No es capaz de contemplar a su hacedor. Así ha sido la voluntad que la ha retratado con timidez y pena.


Pero el pintor precisa contemplar su mirada eterna. Y decide ofrecerle un espejo, una estrella. Lo diseña oval, cual cuento de cenicienta. Y así, al fin, sus miradas se cruzan, intensas, lentas. La doncella destila dignidad y decencia. Lo mira altiva, sin miedo, expuesta. Y él cae rendido en tal perspectiva, fulminado por la pena. Y por saber que jamás podrá encontrar una mujer como ella.