lunes, 16 de mayo de 2016

El catalizador de la traición

Julia se detuvo en el punto central del Puente de Hierro. Miró el caudal desbocado que descendía por el cauce del río Ebro y pensó que era el lugar idóneo. Las fuertes nevadas de aquel invierno y su posterior deshielo habían originado inundaciones en todo el valle. A su paso por Zaragoza el nivel había sobrepasado las dos riberas del río. Julia pasó las piernas por encima de la barandilla y se agarró con las manos por detrás de su espalda. No había vuelta atrás. Respiró profundamente, cerró los ojos y se soltó. Justo en el instante en que perdía pie, un brazo la asió por la cintura, evitando su suicidio.
Todo comenzó dos años antes de este trágico episodio. Julia trabajaba en el departamento de química orgánica de la universidad de Zaragoza en un proyecto que dependía del Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Siguiendo una de las directrices del programa marco de la Unión Europea, el grupo de investigación que había formado desarrollaba un proyecto para el desarrollo de un nuevo catalizador que permitiese la transformación del dióxido de carbono (gas contaminante generado por las chimeneas, calefacciones y tubos de escape) en productos orgánicos aptos para el uso industrial. Es decir, se trataba de transformar un desecho contaminante en materia prima para la industria.
En concreto Julia y su equipo habían desarrollado un catalizador, es decir la sustancia que acelera las reacciones químicas sin alterar su composición. Estaba basado en un complejo de iridio estable al aire que convertía de forma selectiva el dióxido de carbono en compuestos de ácido fórmico y silicio, que eran útiles para la agricultura, la tecnología de los alimentos y en general para la síntesis orgánica.
El catalizador estaba ya completado y su fórmula, custodiada en un archivo de seguridad con clave encriptada, era accesible únicamente para Julia y sus dos colaboradores de confianza, Pilar y Jorge. En la elaboración del informe final, firmaría ella como investigadora única y los nombres de sus colaboradores no aparecerían de forma explícita, como se había establecido desde el principio. Su presentación en la sociedad científica supondría una gran revolución pues las implicaciones económicas que tendría su desarrollo posterior en la industria serían de dimensiones estratosféricas.
Junto con el informe se presentaría la patente de síntesis del compuesto, que lo protegería en toda Europa, Estados Unidos y Japón.
Habían sido meses de trabajo duro. Los tres compañeros habían dedicado el cien por cien de su tiempo al proyecto. Sus vidas personales habían quedado en un segundo plano, algo que, en el caso de Julia, había menoscabado su matrimonio. Su marido Joel, escritor de novela negra, se había sentido abandonado, ya que ella dedicaba todo el tiempo de trabajo a su proyecto y también el de ocio y vida familiar a su proyecto. Ya no hacían vida social. Nunca salían a cenar y apenas veían a sus respectivas familias. Joel se lo reprochó varias veces, sobre todo en la etapa final, cuando la soledad consumió su paciencia. Pero ella siempre le contestaba lo mismo: aquella investigación podía representar el proyecto de su vida y aquel era el momento en que ella debía sacrificarse para sacarlo adelante, a cualquier precio.
La relación llegó a ser tan distante en los últimos meses que ni siquiera conversaban. Se contestaban con monosílabos cuando no por WhatsApp, a pesar de que vivían en la misma casa y compartían la misma cama.
La rutina de trabajo hizo que ya no se diferenciaran los límites entre la vida laboral y familiar. Un fin de semana, cuando estaban a punto de finalizar el diseño de la síntesis, Julia convocó en su casa a sus dos colaboradores para darle un último impulso. Pilar y Jorge se instalaron en su apartamento y Joel se encargó del avituallamiento. Les cocinó y ofreció bebidas y café y estuvo muy solícito en todo momento. Aunque ya los conocía desde hacía tiempo, nunca habían coincidido más de cinco minutos por lo que compartir aquel fin de semana con ellos resultó novedoso para él.
Joel los observaba en sus discusiones, cómo Pilar sacaba convencida su carácter y opiniones y cómo Julia las menospreciaba. En ocasiones incluso le recriminaba que debía seguir las instrucciones que ella le indicaba y que dejara de pensar tanto. Con mala cara y, sobre todo, con malos modos, se mostraba arrogante. Jorge parecía de carácter más calmado y, en general, ratificaba las opiniones de Julia.
Aquella reunión se repitió durante los siguientes fines de semana de forma ininterrumpida. Jorge y Julia se encargaban de la redacción y maquetación de los resultados pues Pilar era la especialista en química orgánica que se encargaba de los ensayos y aunque tenía una mente privilegiada para el razonamiento empírico, no era capaz de redactar con orden y claridad y además su labor se veía siempre criticada y menospreciada por Julia.
Durante las sobremesas, ellos dedicaban un par de horas a ese cometido y Pilar charlaba con Joel en la otra sala. Ello les llevó a conocerse mejor. Se dio cuenta de que Pilar tenía cierta envidia por el hecho de que Julia iba a ser la única firmante de la patente cuando en realidad la habían desarrollado entre los tres. Aunque no mostraba enfado, Joel podía intuir que sentía una ira contenida, y pensó que algún día explotaría. Las conversaciones entre ellos llegaron al terreno personal y descubrieron que tenían mucho más en común de lo que imaginaban. Joel llevaba meses ignorado por su mujer, con la que apenas hablaba y aunque había intentado que ella cambiase y le dedicase algún tiempo, no lo había conseguido.
Un sábado, Julia y Jorge tuvieron que acudir por la mañana a la facultad, pues debían presentar un informe previo al rectorado y cada uno iba a explicar una parte del mismo. Pilar y Joel se quedaron en el apartamento y decidieron preparar la comida mientras esperaban que regresasen. Junio había llegado caluroso a Zaragoza y Joel decidió darse una ducha mientras Pilar preparaba el ternasco al horno. Cuando salió del cuarto de baño con la toalla en la cintura, se dio cuenta de que Pilar le estaba observando desde la puerta de la cocina con una copa de vino en la mano derecha y otra que le ofrecía con un gesto en la izquierda.
Se quedó un poco sorprendido pero no le dio más importancia. Se acercó y le cogió la copa para brindar por el futuro catalizador. Pilar hizo una mueca de desagrado y le replicó que mejor brindar por algo más cercano, por ejemplo, por ellos dos, que estaban allí juntos, con un calor endemoniado. Brindaron y justo antes de tomar el sorbo del Somontano, Pilar le dio un beso.
Joel se puso tenso. No sabía cómo interpretar aquello que no había previsto en ningún momento. Pilar no se arredró. Como él se había quedado paralizado, lo agarró por la cintura, se acercó a su cuerpo y le besó con intensidad. En ese momento, ya sí que no pudo parar. Él dejó su copa en la repisa y abrazó a Pilar ofreciéndole un beso profundo y húmedo.
La erección hizo que la toalla se le cayese, y fueron hasta el dormitorio. Aquella fue la primera vez que Joel engañó a Julia. La primera de otras muchas que vinieron después y que conformaron una relación entre Joel y Pilar.
Las reuniones de fin de semana fueron, desde aquella primera ocasión, diferentes. El juego de miradas y comentarios cambió y ellos supieron y pudieron ocultar su relación a los otros dos sin mucha dificultad.
Pensaron que había que hacer algo. Pilar no quería que Julia se llevase todo el mérito y Joel consideraba que parte de la fortuna que Julia recibiría por la patente le correspondía también a él. Y tal cual lo fueron pensando primero y comentando con miedo entre ellos después, hasta que aquellas insinuaciones y quejas se convirtieron en un estudiado y calculado plan que urdieron entre ambos, sin que Pilar ni Jorge sospechasen nada.
Pilar tenía contactos con otro grupo de investigadores en Estados Unidos con los que había colaborado de forma puntual en ocasiones anteriores. A pesar de disponer de muchos más fondos, iban varios meses por detrás del grupo de Julia. Ser el primero en presentar un descubrimiento en el mundo de la química es vital para conseguir una patente fuerte e inquebrantable por lo que disponer de información relevante les hubiera ayudado a adelantar mucho. Pilar facilitaría la información sobre el proceso de síntesis a este grupo americano a cambio de una cuantiosa suma de dinero en un paraíso fiscal y un puesto de investigadora en Boston, donde Joel estaría encantado de mudarse a vivir con ella.
Solo quedaba un mes para la finalización del proyecto por lo que debían darse prisa. Pilar contactó con ellos, les expuso su propuesta y todo se llevó a cabo con una celeridad pasmosa. El centro de investigación estadounidense disponía de recursos económicos muy superiores al de Zaragoza y con la información recibida de Pilar consiguieron tener el catalizador listo en dos semanas. Lo presentaron en la prestigiosa revista especializada Angewandte Chemie y registraron la patente ante la oficina de patentes y marcas de la Unión Europea en Munich.
El anuncio supuso una revolución en el mundo de la industria química por las implicaciones económicas que tenía y por el hecho de que, una vez más, supusiera un triunfo de la investigación norteamericana frente a la europea.
Cuando Julia recibió la llamada del rectorado para comunicarle la noticia, se quedó vacía. Nunca imaginó que algo así fuera a ocurrir, pues estaba convencida de que su proyecto era líder en todo momento. Aquello la sumió en una profunda depresión, lastrada por la brecha que se había abierto en su matrimonio. Joel decidió separarse al poco de la noticia pero mantuvo en secreto su relación con Pilar que únicamente hizo pública cuando ya estuvieron instalados en Boston, varios meses después. Julia se dio cuenta de que estaba anémica de sentimiento. Su vida familiar era inexistente. Sus relaciones sociales se habían disuelto por completo y, el único vínculo que le quedaba con el mundo real, que era Joel, se había desvanecido también.
Nunca supo nadie que Pilar y Joel habían traicionado el proyecto. El éxito del equipo americano se tomó en la comunidad científica como natural, al disponer de muchos más recursos que el de Zaragoza.
El CSIC decidió entonces denegar más recursos económicos al proyecto, ya que el catalizador había sido ya desarrollado y la patente homologada, por lo que carecía de sentido continuar invirtiendo en ello, y los tres compañeros se quedaron sin perspectiva laboral. Pilar abandonó la universidad y se marchó a vivir a Boston, pues había conseguido un puesto de investigadora allí, algo que sus dos compañeros entendieron y aceptaron. Jorge continuó en la universidad y se mantuvo cerca de Julia, apoyándola y dándole ánimos. Él fue la única voz que la reconfortaba. Quiso hacerle ver que todo su esfuerzo no había sido en balde y que el rectorado lo valoraría de todos modos. Pero ella no le escuchaba. Él insistía en que tenía que animarse y le propuso buscar otro proyecto en el que comenzar de nuevo juntos. Así pasaron seis meses aciagos en los que Julia tenía cada vez menos ganas de vivir.
Para acrecentar su desazón, la última noche de abril, Joel la telefoneó desde Boston. Le dijo que no quería herirla, pero quería ser honesto y contarle la verdad en lo concerniente a su relación con Pilar. Julia no podía creer lo que escuchó. Se sintió sin fuerzas. Hundida por la depresión, sin vida personal y sin ambición profesional decidió que no tenía sentido continuar viviendo.
Aquella misma noche lo dispuso todo. Escribió una carta de despedida para sus padres que dejó encima de su cama y luego llamó a Jorge, a quien le dio las gracias por su apoyo en todo momento. Después salió de casa y se dirigió al Puente de Hierro. Era una noche desapacible. El cierzo soplaba con fuerza y el caudal bajaba abundante por el Ebro, incluso violento en algunos tramos. Se paró en el punto central del puente y se dispuso a saltar.

Pero Jorge se había quedado preocupado tras recibir la llamada de Julia, porque le sonó a despedida y se temió lo peor. Salió disparado hacia su casa y llegó a tiempo de ver desde allí cómo entraba en el puente. Corrió cuanto pudo pidiendo al cielo llegar a tiempo y, exhausto, consiguió sujetarla por la cintura, llevarla hacia sí y darle el beso que tanto tiempo había deseado.