viernes, 29 de noviembre de 2013

TRISTE DESPEDIDA

Tardaste tanto en llegar que prácticamente habíamos asumido que no te tendríamos nunca. Fueron meses de espera infructuosa en los que todos nuestros esfuerzos parecían no tener recompensa.


No cedíamos, sin embargo, al desconsuelo. Te necesitábamos. Nuestra familia buscaba poder disfrutar de tu compañía. Los niños querían jugar a tu alrededor y nosotros cuidarte al máximo para que crecieses sano y fuerte.

Cuando supimos que finalmente sí vendrías a este mundo nuestra felicidad fue plena. Esperábamos ese momento de verte por primera vez e hicimos todo tipo de planes sobre lo que compartiríamos contigo, qué haríamos cuando surgiese algún problema y cómo reaccionaríamos antes las adversidades que surgieran a lo largo de los años. Te habíamos deseado tanto que estábamos seguros de que podríamos con todo lo que pudiese acontecer.

Tras nacer, enseguida vimos que crecías muy rápido, sin miedo, desafiando al tiempo que tanto te había retrasado, como diciéndole: ¡Eh!, aquí estoy finalmente y nada ni nadie va a poder conmigo.

Nos llenaba de felicidad el tiempo que pasábamos juntos, viendo tu evolución. Nuestro hogar había cambiado. Creabas a tu alrededor un ambiente más acogedor, y el tiempo transcurría mientras tu estatura aumentaba enérgicamente. En verano tu compañía nos hacía disfrutar y sobrellevar la temperatura estival y en invierno a veces parecías ponerte malito. Estábamos tentados de llamar a alguien que nos dijese qué podíamos darte para que mejorases pero siempre, al final, tras unos días de pánico volvías a ser el mismo.

Pasados unos años, tu crecimiento fue espectacular. Mucho más allá de nuestras expectativas. No podíamos dar crédito cómo aplicando los mismos cuidados y alimentación habías prácticamente duplicado tu estatura. Eras mucho más fuerte y protegías nuestra casa como nadie lo había hecho hasta entonces.

Nuestra euforia dio paso, sutilmente, a una cautela soterrada. Nos preguntábamos hasta donde podías llegar, pues habías cambiado tanto en tan poco tiempo que ya no podíamos prever lo que ocurriría en los meses siguientes.

Efectivamente, aquella cautela concluyó en la certeza de que no podíamos continuar juntos. Supimos, tristemente que tendríamos que terminar nuestra alianza y así proteger la integridad de nuestra familia. Aún habiendo asumido esta tremenda certeza, nos resistíamos a dar el paso. Ninguno estaba dispuesto a ser el verdugo. Tuvimos que llamar a alguien que lo hiciese por nosotros quien, finalmente, te redujo a pedazos en un amargo llanto.


Gracias por habernos dado tanta felicidad. No pudimos mantenerte. Habías llegado a ser más grande que nuestra casa. Los días de temporal amenazaban con tumbarte sobre ella, dañando parte de la estructura. Por eso lo hicimos, con todo el dolor de nuestro corazón. Ya nunca podrás darnos aguacates, pero lo ya vivido y disfrutado contigo nos acompañará siempre en el recuerdo.