sábado, 16 de noviembre de 2013

JULIA

Las moraduras ya no duelen. A veces las heridas no han llegado a cicatrizar del todo cuando un nuevo puñetazo las vuelve a abrir sin que apenas me escandalice ver cómo brota la sangre que circula dentro de mí. ¿Por qué esa circulación sigue permitiendo que mis órganos ejerzan su función, mi corazón palpite y mi cerebro piense?. A veces me pregunto qué fuerza interior hace que cada mañana me levante, me mire al espejo sin ver el despojo en el que Antonio me ha convertido y lleve a cabo todo aquello a lo que el mundo me obliga: Continuar viva, sí, y continuar con él.


Esa pequeña vocecilla que me alarma, en pequeños momentos de lucidez, y me recuerda que podría vivir sin él, no puede vencer al arrollador sentido de culpa que habita en mi interior y que arrasa, cual tsunami, cualquier atisbo redentor.

Yo sé que mi vida sin él sería aún menos vida. Y por eso me dejo llevar. Lo que acontezca cada día no es para mí más que el destino que tengo merecido. Destino y castigo son para mí dos sinónimos que llevan acompañándome desde aquella trágica noche de otoño.

El 14 de Octubre de 1989, yo, Patricia, me fui de este mundo para siempre con mi hija Julia, en un aparatoso accidente. Su corazón dejó de latir. El mío, sin embargo se empeñó en continuar para que pudiese vivir la tortura de la culpabilidad y del reproche que Antonio se encargó desde el principio en insuflarme.

La locura de amor de juventud que me hizo casarme con él fue enriquecida con la pasión desbordante por haberme dado una preciosa hija: nuestra Julia. Mi cuerpo ya resistía las embestidas del alcohol que él no podía controlar. Sin embargo, mi gratitud hacia él por tener entre mis brazos a Julia era siempre superior. Antonio me dio felicidad, y sobre todo, dignidad frente al maltrato psicológico que sufrí en los diferentes hogares de acogida tras dejar el orfanato.

Mi primer sentimiento de amor y gratitud, experimentado por primera vez a mis 17 años, fue hacia él, que se convirtió en mi protector frente a la infamia con la que mi última familia adoptiva me trataba.  Yo supe que siempre estaría atada a él, por haberme permitido sentir y por haberme hecho sentir una persona.

Me dio la vida, y me dio mi segunda y eterna vida, a mi hija Julia. Y yo, sin embargo, le quité la vida, y terminé de convertir a Antonio en el monstruo que apenas había asomado hasta entonces.

Desde aquella fatídica noche, mi consciencia entró en un limbo. Al principio quise que él me matase, sentía esa culpa ingente que me hacía querer morir. Él quería que yo pagase por lo sucedido, pero poco a poco, alimentando mi ya culpable conciencia, y acompañándola de golpes, humillaciones y palizas.

Mi desazón era completa, pero yo lo recibía todo con resignación, entendiendo que era mi penitencia y que, aún en esas circunstancias, mi amor por él y mi gratitud por lo que me había dado eran poderosamente superiores a todo el dolor que mi cuerpo sentía.

Veo a Julia en mis sueños. Hablo con ella todas las noches. Es la suya, la vocecita que me anima a vivir sin Antonio. Esta noche, su voz se ha convertido en arenga. Me ha hecho entender, mirar de frente al futuro y saber qué ocurrió realmente aquella noche. No quiero escucharla. No. Yo maté a Julia por mi mala conducción. La voz de Julia se torna en una melodía que me conduce hacia una potente luz. Allí veo un coche dando bandazos en medio de la lluvia. Parece que quien conduce está borracho. El coche se acerca peligrosamente al precipicio y finalmente cae al vacío. La voz me transporta como en una nube hacia abajo y veo cómo Antonio está herido con medio cuerpo vacío fuera de la puerta del conductor. Yo estoy en mi asiento derecho inconsciente con un fuerte golpe en la cabeza y veo a mi Julia muerta.

- Lo ves?. Vive tu vida y aléjate de él. No mereces la tortura que te ha hecho vivir engañándote y culpabilizándote de algo que por su exceso de alcohol, sucedió.

La voz de Julia es enorme. La siento como rodea a mi culpa y la estruja cual bola de algodón. Mi mente se torna límpida y miro con una sonrisa la de mi hija.  Sí, voy a ser capaz de vivir sola, no voy a sentir jamás esta culpa que ha terminado con mi estima. Sólo sentiré dolor por no poder cogerla entre mis brazos. Pero sé que su voz me acompañará siempre, y por fin comprendo que ella es la fuerza que ha mantenido mis órganos actuando, mi corazón palpitando y mi cerebro pensando.


Y al final, siento de nuevo la misma felicidad que cuando la tuve por primera vez entre mis brazos.