viernes, 19 de agosto de 2016

Vivir una casa

Qué curioso que la ausencia de tan pequeña preposición (en) aporte tanto significado a una frase por otro lado insulsa. Al quitarla, aparece toda una filosofía, una forma de entender la cotidianidad y de plantear tu propia vida.
Eso que se suele decir de forma habitual como habitar para mí es mucho más. Es un verbo activo, lleno de contenido, que te permite desarrollar tu personalidad, vivir experiencias increíbles y despertar a una realidad que está tan cerca de ti que, de no ser así, jamás la verías.
Vivir una casa es fundirse con su paisaje. Disfrutar de los rincones que ofrece, aquellos en los que habitualmente nunca te detendrías y descubrir nuevas perspectivas, ver el baile de luces que la evolución del sol crea y cómo las aristas de sombra se desplazan en sentido inverso.
La sangre que fluye por su interior, sus habitantes, los habituales, la familia cercana, los ocasionales, los veraneantes familiares que acuden a disfrutar contigo y los tuyos. Y también los espontáneos y aquellos que están de paso, que recalan apenas unas noches en sus habitaciones, tras el reclamo de algún festival musical de verano y que dotan a la vida hogareña de otros lenguajes, a veces gesticulares cuando no es posible idiomáticos y, las más de las veces enriquecedores.
También conforman esa vida los otros seres vivos, que oxigenan y embellecen su existencia, las flores temporales, a veces efímeras y en otras permanentes, guardadas por dos árboles rotundos, de altura similar a la de la propia casa que permanecen con ella durante años, y envejecen al mismo tiempo.
Vivir una casa es transitar por el caos en ocasiones de personas que se van a la playa, otras que quieren echar la siesta, o jugar, o ver la televisión, o buscan un rincón tranquilo a la sombra para leer. También organizar ese caos en armonía alrededor de una mesa multitudinaria, imaginar los menús cada día, llevar a cabo las labores de avituallamiento y el orden y limpieza. Por supuesto las charlas animadas, alegres, las risas, las críticas e incluso las declaraciones de intenciones. Momentos inolvidables, momentos de verano que solo pueden ser vividos así y que conforman el milagro de la vida de la casa vivida. Unos madrugan, otros camastrean, los jóvenes trasnochan y los maduros de buen ver equilibramos el ir y venir compartiendo momentos con todos ellos.

Me gusta vivir. Me gusta vivir esta casa y me gusta la gente que la vive conmigo. Espero que a ella también le gustemos los que la vivimos.