sábado, 2 de julio de 2016

Cualquier tiempo pasado fue peor


¿Las siglas eran LGBT, LBTG o cómo? Preguntó Alberto a su abuelo Pablo.
Creo recordar que eran por este orden: lesbianas, gays, bisexuales y al final transexuales respondió él.
¿Estás convencido de que este tema es el mejor que podías haber elegido? Al fin y al cabo la mayoría de los estudiantes no van a saber de qué hablas.
Créeme, el pueblo que no conoce su pasado está condenado a repetirlo, y eso es algo que no debemos permitir sentenció su abuelo.
Alberto terminó de revisar la ortografía y el formato del texto que había escrito su abuelo Pablo para la conferencia que daría el lunes siguiente en el Instituto Goya de Zaragoza, en el que cursó sus estudios cuando era adolescente. Se cumplía el segundo centenario de su fundación y había sido invitado a dar una charla a los jóvenes estudiantes que en el año en curso, 2045, cursaban sus estudios de secundaria.
Su carrera de escritor, sociólogo y político le había proporcionado importantes éxitos en el mundo editorial, entre las organizaciones de lucha en defensa de la igualdad y en la política aragonesa. Los últimos años de vida profesional se volcó en su responsabilidad al frente del departamento de sociología de la Universidad de Zaragoza y cumplidos los ochenta, ya retirado de la primera línea política y académica, continuaba impartiendo charlas de historia y sociología cuando le invitaban.
Durante décadas abanderó la lucha por la consecución de derechos y libertades del colectivo LGBT del que formaba parte. Participó en casi todas las marchas del orgullo gay que se celebraron en la capital aragonesa, asistió a manifestaciones en pro de la igualdad y llegó a entrar en política para poder defender sus propuestas en un marco legal.
Fueron tiempos de cambio. Al principio sus ideas eran minoritarias, criticadas y en tantas ocasiones vejadas. Los ochenta y sus excesos conformaron la base necesaria para dar a conocer la lucha. El fin del siglo XX aumentó la aceptación por parte de la ciudadanía pero continuó hablándose del movimiento como algo marginal.
Pablo comprendió que su batalla estaba mal enfocada. En muchas ocasiones era criticado incluso por los suyos, que le reprochaban no aceptase llevar a cabo medidas más radicales de acción pública y, sobre todo, que no fuese él mismo homosexual. Él estaba de acuerdo en que para conseguir un pequeño avance debía que intentar uno exagerado. Pero, al mismo tiempo, siempre defendió la normalización como meta en sus propuestas.
El siglo XXI y las nuevas generaciones que habían nacido ya en democracia trajeron los mejores años del colectivo LGBT. La homosexualidad se aceptaba, dejó de ser considerada una enfermedad, se crearon los hoteles gay friendly, se puso incluso de moda. Los famosos hablaban de sus experiencias en ese sentido y la política avanzó en paralelo a la sociedad. Un tal Rodríguez Zapatero, allá por el lejano 2005 fue el adalid de ciertos logros históricos, sobre todo de la aprobación del matrimonio homosexual que ningún gobierno posterior tuvo el valor de derogar.
Pero aquello seguía siendo discriminatorio puesto que era necesario tener una ley que defendiese ciertos derechos frente a una gran mayoría de ciudadanos que no necesitaba tener dicha ley que defendiera los suyos.
Pablo discutió esto mismo en muchísimas ocasiones con sus compañeros de partido y colegas. El hecho de que esa ley existiese era, en sí misma, una discriminación (sí, una discriminación positiva, pero discriminación al fin y al cabo). Y, que el propio colectivo LGBT existiese, también lo era.
Comenzó entonces una lucha suicida. Empezó a defender que debería dejar de existir. Sólo cuando ello ocurriese podrían afirmar que el proceso de normalización había terminado. Sus compañeros lo criticaron y lo desautorizaron en muchas ocasiones, acusándolo de haber adoptado una mirada “heterosexual”, como si semejante concepto pudiera existir. Sin embargo él no cejó en su empeño, convencido de que era el único camino.
Criticó cuantas veces pudo las declaraciones de homosexuales y lesbianas dedicados también a la política o presentes en la vida pública, tan pronto hacían mención a que lo eran, y vapuleó dialécticamente a quienes no entendían sus argumentos. Con el arma de las redes sociales en los años 2010, su popularidad comenzó a crecer de forma sustancial y llegó a convertirse en un fenómeno viral.
En la segunda década del siglo XXI sus propuestas fueron calando poco a poco hasta tal punto que el número de afiliados al colectivo LGBT se redujo a algo testimonial. Cuando su fundador en España murió, en 2031, decidió que abandonaba la lucha virtual y real por sus ideas pues ya casi nadie necesitaba reivindicarlo ni luchar contra la discriminación de ninguno de sus antiguos integrantes.
Cuando le llegó la propuesta del director del Instituto para que hablase sobre un pasaje de la historia reciente, no supo decidir sobre qué tema versaría su conferencia. Sin embargo, una tarde conversando con su nieto Alberto, que le ayudaba con la edición e impresión de sus textos, le llamó la atención que ni siquiera supiese lo que fue el LGBT y decidió escribir sobre ello.
Su nieto le colocó en la mesa el documento editado y finalizado que comenzaba con una frase demoledora:
CUALQUIER TIEMPO PASADO FUE PEOR