sábado, 9 de julio de 2016

Una lágrima para la eternidad

La primera lágrima resbaló por su mejilla y se detuvo en la barba de una semana tras lanzar las cenizas al mar en la ensenada de Moni.
La certidumbre de no ver a su abuelo Yeray nunca más le hizo sentirse huérfano por primera vez a pesar de haber perdido a sus padres en un accidente cuando tenía dos años. Él le enseñaba a dibujar, le ayudaba a mezclar con serenidad los colores y a buscar una perspectiva diferente. Después de cursar Bellas Artes y desarrollar su interés por el Naturalismo, consiguió una beca de posgrado en el MOMA de Nueva York. La distancia fue dura para Yeray y su salud emocional unida a su edad avanzada lo debilitó. Cuando Ayoze regresó a Tenerife, avisado por el hospital, su abuelo se encontraba ingresado ya en la UCI aquejado de un ictus que le había paralizado el lado derecho. La enfermedad se complicó con una neumonía y a la semana de regresar, su abuelo falleció.
Personalidades del mundo del arte acudieron al sepelio y ofrecieron sus condolencias a Ayoze. Yeray, que había adquirido cierto renombre, cedía en su testamento todos sus cuadros al Gobierno de Canarias, salvo los catalogados en la serie Naturaleza Canaria, que dejaba a su nieto, junto con la casa y demás propiedades. El museo creó una exposición permanente que tuvo notable éxito y Ayoze fue entrevistado en televisión en muchas ocasiones para explicar la obra de su abuelo. En una de ellas acudió al plató el director del Museo del Prado y lo invitó a comer. Charlaron de pintura, de historia, de las relaciones humanas y de su propio currículum y Ayoze obtuvo una oferta de trabajo. Le costó algunas noches separarse de sus recuerdos pero estuvo seguro de que Yeray habría querido que él trabajase en un museo tan importante, así que aceptó la oferta y se mudó a Madrid. El trabajo en el Prado fue estimulante. Conoció a artistas multidisciplinares y se unió al grupo que había conformado una tendencia artística denominada Panteísmo naturalista. Su filosofía se basaba en la defensa de que los cuadros eran instrumentos de comunicación de la naturaleza con el mundo humano. Al principio le parecieron un poco raros. Las ideas que defendían le sonaban a serie B, hasta que conoció a Christine, una escritora que había desarrollado en ese ámbito su obra literaria. Congeniaron enseguida y a los pocos meses se enamoraron y se fueron a vivir juntos. Con el tiempo, Ayoze llegó a ser un claro defensor de aquella filosofía, en la que se adoraba a la diosa Naturaleza y participó en debates en los que explicaba sus postulados.
Durante años fue incapaz de viajar a Tenerife. Todo le recordaba a su abuelo Yeray y era tan fuerte el dolor que sintió cuando murió que jamás pudo reunir el valor de regresar. Durante todo ese tiempo con su creatividad y la técnica que su abuelo le enseñó desde pequeño, creó lienzos de hiperrealismo naturalista, minuciosamente detallados y obscenamente vitales que conformaron una obra extensa y reconocida en todo el mundo artístico.
Un día, cuando comenzaba los trazos de una serie sobre las especies de Tenerife, su mano quedó paralizada. Creyó que se le había quedado dormida por una mala posición y agitó el brazo para que la circulación sanguínea continuase de forma normal, pero no mejoró. Los dedos quedaron rígidos y él aterrorizado por un presagio: le estaba ocurriendo lo mismo que condujo a su abuelo a la muerte. Christine lo llevó de urgencia al hospital donde le diagnosticaron esclerosis lateral amiotrófica, una enfermedad degenerativa e incurable que lo paralizaría poco a poco. Supo que pronto sería incapaz de pintar y sintió un vacío vertiginoso que lo condujo a su infancia. Decidió ahuyentar a sus monstruos y regresar a Tenerife para reunirse con sus recuerdos y con su abuelo Yeray. Christine pudo al fin visitar el hogar del que tanto había oído hablar. Ventilaron bien las estancias, dejaron que el sol regase las paredes de cada habitación y en una mañana dotaron de savia a aquella casa maestra que había latido con su dueño durante tantos años. Acudieron al taller de pintura. Allí guardaba Ayoze la serie Naturaleza Canaria que su abuelo le había dejado en herencia y a la que nunca prestó demasiada atención. En la sobremesa recuperaron los lienzos y los destaparon uno a uno. Se trataba de doce pinturas al óleo que representaban un único motivo de la geografía canaria: el Drago Milenario de Icod de los Vinos. Todas mostraban una imagen del árbol, majestuoso, con distintos cielos y orientaciones del sol. Y el mar, protector a su alrededor, le otorgaba un refugio circundante.
Ayoze y Christine quedaron epatados por la minuciosidad que Yeray había utilizado en la elaboración de los detalles, las pequeñas sombras, y sobre todo el relieve y la perspectiva, que dotaba a los cuadros de una realidad inusitada. Era como si estuviesen vivos y los rayos de sol impactando sobre ellos en aquella sobremesa los hacían todavía más reales. Los pusieron en orden e intentaron encontrar una coherencia. Tras varios intentos se dieron cuenta de que seguían un orden cronológico. Lo intuyeron por la posición del sol y fueron capaces de datarlos en el día veintiuno de cada mes del calendario gregoriano.
El Draco Milenario estaba situado junto a una casa desvencijada que ocultaba parcialmente el mar. La perspectiva elegida para los cuadros era tal que hacía que las sombras que el árbol proyectaba indicasen en cada lienzo en una dirección distinta. Ayoze imaginó que podían estar señalando algo. Cogió de inmediato lápiz y papel y copió burdamente los lienzos en hojas consecutivas extrapolando las líneas hacia donde apuntaba la sombra. Después las unió y observó que únicamente tres de ellas se cruzaban en un punto, situado a unos treinta metros de la pared oeste de la casa. Los dos se preguntaron qué representaría aquello. ¿Se trataba de un mensaje que su abuelo Yeray le había dejado? O ¿era la propia naturaleza quien había transmitido ese mensaje y había utilizado los lienzos de su abuelo para materializarlo? Esta última conjetura les convencía mucho, pues cumplía los preceptos de la filosofía que defendían.
Decidieron hacer una visita esa misma noche de madrugada, para evitar las miradas de los curiosos. Calcularon de forma aproximada donde indicaba la intersección de las sombras y observaron que correspondía a una zona ajardinada que estaba algo descuidada y sin iluminación, lo que les facilitaba la labor. Ayoze comenzó a cavar y cuando llevaba unos cincuenta centímetros de profundidad oyeron un ruido metálico. Animados por la adrenalina, aceleraron su proceso y observaron estupefactos que habían encontrado un cofre metálico de base circular. Lo sacaron a toda prisa y se apresuraron a volver a cerrar el agujero intentado que no se notase demasiado lo que habían hecho.
Estaban ansiosos, pero lo prioritario era salir del lugar para no ser vistos. Corrieron al coche y en apenas quince minutos se encontraban de nuevo en el taller. Limpiaron a toda prisa el cofre y descubrieron que la tapa mostraba una extraña caligrafía. En los lados, representaciones de la tierra y del mar y el resto de la caja estaba recubierto de motivos vegetales y hojas del Draco Milenario.
Decidieron grabar con el iPad todo lo que iba a acontecer pues se trataba de un momento histórico. Iluminaron la escena, se pusieron guantes para no deteriorar lo que hubiese dentro y procedieron a la apertura del cofre.
En su interior había algo envuelto en un papel de seda de color verde. Desenvolvieron aquel bulto y finalmente vieron que se trataba de un libro. Su título, La Sangre de Draco, recordó a Ayoze las leyendas que su abuelo le contaba sobre la savia del árbol, de color bermellón y al que se le atribuían propiedades curativas. Siempre creyó que eran cuentos legendarios que su abuelo le narraba para ayudarle a dormir. Sin embargo, entonces lo dudaba.
Ayoze y Christine inspiraron profundamente y lo abrieron. Parecía un tratado sobre las propiedades curativas de una pócima que se obtenía a partir de la savia, tras un proceso de condensación con raíces naturales de la isla, cenizas de lava en pequeñas dosis y otros componentes que ninguno de los dos pudo reconocer. Se quedaron extrañados y no supieron valorar si se trataba de la narración de una leyenda sin más o si tenía alguna base científica. Pero cuando pasaron a la primera página, pudieron leer una dedicatoria de puño y letra de su abuelo en la que le dejaba un mensaje inequívoco.
Querido Ayoze
Si estás leyendo esta nota, habré viajado ya al mundo eterno. Mi esencia se habrá fusionado con la diosa Naturaleza, la que hace respirar y crecer a los elementos de nuestro planeta. Lee con detenimiento este libro. Te dará vida y te ayudará a comprender que todos los seres vivos estamos conectados por una energía vital. Es el Draco Milenario su portal de acceso para los que transitáis por la vida terrenal. Sigue los pasos que te indico y tu salud mejorará pues estarás conectado con el origen de la vida.Yo siempre seguiré contigo, mi alma forma parte del todo y por tanto también de ti.
Tu abuelo, eternamente contigo.
Ayoze había comenzado a llorar y cuando la primera lágrima descendió por su mejilla recordó el lanzamiento de las cenizas en la ensenada de Mori. Allí pensó que jamás podría comunicarse con él. Sin embargo, se dio cuenta de que estaba equivocado. Supo que algún día, cuando él muriese, podría reencontrarse con él en la eternidad.