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viernes, 29 de diciembre de 2017

Atardecer en Beirut

Ezequiel disfruta del atardecer del Mediterráneo, sentado en el mismo banco en el que descansa cada día, en lo alto de la bahía de Jonieh, en Harissa, muy cerca de la gigantesca estatua de la Virgen del Líbano.

Un cielo anaranjado y violáceo le anuncia el final de una jornada más. La luz es cada vez más tenue y tiene que cerrar el libro que estaba leyendo.

De nuevo, un atardecer de añoranza en este paraje privilegiado. Extraño sentimiento experimentado hacia una persona que apenas conocía pero que, sin embargo, sentía tan cercana, tan suya.

Ella se ha ido para siempre pero su corazón la guardará eternamente en el recuerdo. Y la visión de Ayla le recuerda las tardes compartidas y le hace sentirse más cerca de ella.

Ezequiel combatió en la guerra contra las tropas Israelíes que invadieron el sur de Líbano en 1982. Defensor de sus orígenes fenicios luchó con el ejército libanés. Aquella guerra asoló Beirut y la convirtió en una ciudad fantasmal.

Cuando finalizó, con un brazo amputado como consecuencia de la metralla que se le había incrustado en el hombro, fue licenciado con honores por el gobierno otorgándole una pensión vitalicia que le permitiese vivir dignamente. Tenía cincuenta y cinco años y toda una vida por delante, pero una vida destrozada.

Tras la contienda se refugió en la literatura, su gran pasión de juventud. Devoraba novela francesa, los mejores escritores libaneses y los clásicos árabes por igual. Días y días disfrutaba de su compañía, y lo hacía junto a un Fox Terrier que encontró en una finca derribada por un bombardeo, al cual curó las heridas infringidas por el derrumbe, y al que bautizó con el nombre de Atila. Cuando éste se recuperó se convirtió en su compañero fiel. Siempre le acompañaba en sus paseos vespertinos a Harissa y se sentaba con él a disfrutar de los atardeceres ocres y lánguidos junto al mar. A veces Ezequiel incluso le leía en voz alta y él parecía disfrutar de su narrativa pausada y su voz cálida.

Durante meses repetían la misma rutina. Después de comer daban un paseo que les conducía hasta el parque donde estaba ubicada la catedral y allí, con el Mediterráneo a sus pies se deleitaban con la lectura, incluso en las tardes otoñales más frías.

Era un parque acogedor, soleado, al que solían acudir personas de edad con sus animales de compañía. Una de ellas, una señora elegante, con el reflejo de la belleza de juventud todavía presente, acudía con un cockel de pelaje negro y mirada bonachona. Cada tarde recorrían el parque durante un rato y al final la señora se sentaba en el banco situado al lado de Ezequiel y parecía degustar con la misma fruición su libro.

Tras unas cuantas tardes ella lo saludó, a lo que Ezequiel respondió con un gesto. Los canes se miraban entre sí y se estudiaban. Parece que el cockel era una cockel y Atila había mostrado un interés inmediato.

Las tardes de lectura transcurrían plácidamente, con los recuerdos del Beirut prebélico y poco a poco Ezequiel estableció una buena amistad con Mariam, que era como se llamaba la señora. Se había quedado viuda hacía tan solo seis meses. Su marido fue asesinado por las tropas israelíes. Ezequiel por su parte, continuaba soltero ya que nunca encontró el amor de su vida, de modo que ambos estaban solos en la vida y eso fortaleció su vínculo. Tan sólo tenían a sus perros: Atila y Ayla como se llamaba la cockel.

Durante meses acudieron al parque Harissa. Leyeron y comentaron anécdotas de juventud y sus compañeros fieles jugaban por los bancos y jardines que miraban cómplices al mediterráneo.

Pero una tarde, Ayla apareció sola, como perdida, cabizbaja y casi arrastrándose. Caminó paso a paso y se dejó caer en el banco en el que solía reposar las tardes junto a Mariam.

Ezequiel pensó que se había perdido y que quizá Mariam no había podido acudir aquella tarde al parque. Al fin y al cabo se había convertido en una persona muy cercana a él pero de la que apenas conocía su vida privada.

La tarde siguiente ocurrió lo mismo, Ayla apareció a la misma hora y se volvió a sentar en el banco, una vez más sin Mariam

Así ocurrió durante casi dos semanas. Ezequiel decidió seguir a la cockel cuando ésta dejaba el parque para ver si le conducía al domicilio de Mariam.

La perra les condujo a un edificio del barrio cristiano. Allí se quedó en la puerta del número 25 y de allí no se movió.  Ezequiel llamó de inmediato a la puerta pero nadie contestó. Decidió preguntar en la casa de al lado y la señora que abrió le contó que Mariam había fallecido hacía dos semanas y que había sido enterrada en el cementerio católico de Beirut.

Sintió una inmensa tristeza, por ella y por Ayla, abandonada para siempre, sin nadie que se ocupase de ella. Decidió adoptarla en ese mismo momento como un último homenaje a aquella elegante mujer que había ocupado su corazón durante los últimos meses.


Desde entonces las tardes en Harissa son compartidas con Atila y Ayla que corretean alegremente por los jardines del parque mientras Ezequiel sigue degustando la lectura y el viento del sur le acerca en un susurro meditado y calmo el recuerdo de Mariam, otorgándole el sosiego que siempre buscó tras la contienda.

domingo, 17 de septiembre de 2017

¿Por qué Damasco? - mi crónica de lectura

Siempre que cae por mis manos cualquier libro o crónica de Damasco me lanzo a ellos con entusiasmo, porque la capital siria ha sido uno de los lugares más evocadores que he visitado en muchas ocasiones. Lamentablemente, he tenido que hacer la anterior consideración en pasado, ya que todo lo que Damasco ofrecía al visitante ha pasado a ser historia y me temo que tendrán que pasar muchas décadas hasta que podamos volver a ver (si es que algún día se puede) el esplendor que tuvo hace ya casi una década.

El libro de Tomás Alcoverro está planteado como relatos cronológicos de un corresponsal de la zona que va narrando las peculiaridades, las esencias de los acontecimientos que sucedían en Siria desde sus primeras visitas a principios de los 70.

Su distribución en capítulo-relatos de 3-4 páginas anima a una lectura rápida, entretenida, que te deja con ganas de más y que aleja la pereza de la lectura en aquellos que no tengan su hábito muy asentado.
Lujosamente prologado por el exministro de asuntos exteriores Miguel Ángel Moratinos, Tomás nos lleva de la mano hacia la espiral de destrucción y desolación a la que la mal llamada primavera árabe arrastró al país de oriente medio.

Da un placer (y a la vez un gran dolor) recorrer con el texto de Tomás las calles del barrio cristiano al que se accede una vez franqueada Bab Touma, el antiguo mercado damasceno de Hamidiye, la Gran Mezquita de Damasco (donde descansan restos de San Juan Bautista) o el intrincado callejero alrededor de ellos así como enclaves llenos de historia y energía imborrable, como Maalula (uno de los últimos lugares de la tierra donde todavía se habla Arameo, el idioma de Jesús) o Palmira.

Leyendo el libro de Tomás, he recordado tantas cenas en los restaurantes de la montaña Ben Jabal, desde los que se veía Damasco de noche, imponente, llena de minaretes iluminados con luces verdes y sobre todo llena de paz y de seguridad. También los viajes a los polígonos industriales de los alrededores de Damasco, a Yarmouk Camp, el barrio palestino donde disfruté en veladas inolvidables y sobremesas con mis amigos Abdel Karim y Fadia. Recuerdo tantas noches pasadas en el Hotel Cham Palace, los paseos por las calles que lo circundaban, donde se podían comprar CD’s musicales a bajo precio, degustar la rica gastronomía siria, ver a sus gentes, los mercadillos de fruta y verdura o simplemente sentarme a leer un libro en cualquiera de sus parques.


También en muchas ocasiones conduje por la carretera que conduce a Beirut, me detuve en el paso fronterizo que tan rápido se hacía para un europeo y tan lento para un turco (mi acompañante, Attila, de cuya mano descubrí este magnífico país y de quien tanto aprendí).

Tomás nos relata también su experiencia en Beirut, nos habla de su esplendor, de su libertad en un marasmo de limitaciones geográficas, de su desgraciada guerra y de su renacimiento (momento en el que yo la descubrí). 

No tuve ocasión de visitar en tantas ocasiones Beirut como lo hice con Damasco, pero las contadas ocasiones que deambulé por sus calles me enamoró. Hace un tiempo escribí un relato titulado Atardecer en Beirut, pronto lo publicaré.

Para todos aquellos que nunca pudieron o quisieron visitar Siria, para todos los que están contagiados de los únicos mensajes que llegan hoy en día de aquella zona, de destrucción, de atentados, de miseria, es éste un libro necesario. Para comprender por qué es tan injusto, tan inhumano y tan cruel que el veneno de la guerra sin sentido siempre, pero en este caso más, en la que nadie sabe muy bien quién lucha contra quién, quién es el bueno, quien es el menos malo y por qué se está destruyendo una cuna de civilizaciones, haya prendido en aquella tierra de paz y de ejemplo de convivencia entre distintas religiones, hoy en día destruida por completo.

Rezo al Dios en el que no creo para que un día todo termine y podamos volver a caminar por las calles de la vieja Damasco, con calma, con tiempo para mirar a los ojos a sus viandantes, y con la serenidad para respirar el aire de su historia.